lunes, 26 de noviembre de 2012

26.












20:48. Le Moulin.

Nunca te sentiste así, ni si quiera se te pasó por la cabeza que ibas a estar en esta situación, en este lugar y con la misma canción de fondo en modo repetición.
Son las 20:50. Un Lunes. 26 de Noviembre, para ser exactos.
Me encuentro sentada en la cuarta esquina de estas cuatro paredes, escribiendo con un bolígrafo Bic que está agonizando. Intentando no mojar el papel de agua salada, y escuchando, saboreando, revoloteando a través de los dedos de Yann Tiersen sobre su piano en Sur le Fil.
Es un día normal, y no lo niego. Al igual que tampoco niego que la monotonía se apodera cada vez más de mí. Al igual que tampoco niego que luchar contra ti misma no sea pan comido. No, no lo es. Es una de las luchas más complicadas desde la existencia del ser humano. Desde la guerra de los 30 años. Desde la batalla de Waterloo hasta cualquier golpe de estado a mano armada.
No llueve, pero hace frío; No hay nada que transmita calor a mi alrededor; Ni una simple taza de café, ni una manta, ni una chimenea, ni tú.
Tiemblo, tirito e intento abrigarme entre mis brazos.
La tinta se va acabando y mi corazón se va rompiendo en pedacitos de un solo color.

Miro el reloj. 21:01. El piano sigue ahí, retumbando en mis tímpanos, deleitándome con el sonido de su teclado y sus cuerdas.
"No me abandones" dice mi cabeza. "No te vayas. Quédate hasta el final, eres lo único que tengo."
Pienso. Reitero. Pienso. Existo.
Quizá no hubiese sido tan complicado. Quizá me lo pongo más difícil de lo que realmente es. Quizá ni siquiera exista.
De pronto todo te da vueltas. Es como si hubieses entrado en tu propia locura y ella se proclamara dueña de ti. De tus actos. De tus errores. De tus miedos.
Y es cuando cada vez lo tienes más claro. Nadie te entiende, ni tú misma lo haces.

21:09. Soir de Fete.

Lo que tienes claro es una cosa: Ya no duele, sólo ahoga.


domingo, 11 de noviembre de 2012

Supongamos que hay que confesar.

¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¿Por qué tú? ¿Por qué.. tan lejos?

Yo que me prometí dejar la tontería adolescente de lado y centrarme en vivir tranqu...Qué va, pero al menos no quería llenar mi Timeline de frases ambiguas  ni necesitaba más causas de las que ya tenía para mis insomnios... Claro. Y ahora apareces tú. Tú. No me puedo acordar de cómo hueles, porque aún no he tenido la oportunidad de memorizarlo; pero sí puedo describir con escalofríos, caricias y señales lo que me haces sentir aún sin estar a mi lado. Me haces sufrir. Pero es tan agradable como cuando vas corriendo bajo la fría tormenta, sabiendo que al girar la llave te sumergirás en el calor de tu casa, con olor a madera, y su perfume en tus sábanas. Te vas imaginando en la bañera, el agua ardiendo y la música a toda hostia para olvidar o, al menos, reventarte los tímpanos mientras echas la culpa del rímmel en tus mejillas a la rebeldía del agua. 
Sí. Igual de agradable que ilusionarse con todo eso, llegar a casa empapada, y darte cuenta de que no tienes chimenea y la cama está sin hacer; te metes en la ducha (por ausencia de bañera) y te percatas de que no hay agua caliente y, joder.. Estar sin ti es como esperanzarse con esa calma que nunca llega. 

¿Y ahora? Resignación, resignación, helado de Stracciatella, resignación, dos paquetes de kleenex, resignación, me miento, te olvido.. Y volvemos a empezar. 
Nunca me habría imaginado en una situación de semejante calibre, y más con esta mala puntería que me caracteriza; apunto, pero jamás acierto en el maldito centro de equilibrio. Ese equilibrio imposible que te permite ser feliz. Ese equilibrio que formará un ideal ángulo de 90º entre mi vientre y el tuyo, ese equilibrio que hace encajar perfectamente mi labio inferior entre tus dientes y, sobre todo, la manera equilibrada de hacer que sobren las palabras cuando se trata de mirarte, y saber que estás deseando sonreírme.

Ni caso. Me lo he inventado yo todo, ¿Recuerdas? Ha llegado el invierno, y las ruedas desgastadas de mi paciencia solo dan tregua cuando me desahogo con el 'tic-tic' del teclado. Sentir que suelto a la nada lo que debería estar echándote en cara es la mejor paja emocional; al menos ahora pesa menos. Al menos, si te pierdo ahora, habré dejado constancia de que la culpa, efectivamente, es mía. 
Al menos, habré pasado estas horas llorando, borrando esas carreteras infinitas que te separan de las carreras de mis medias; las habré pasado sin pensar en ti, olvidándome por unos instantes de que 'ya no es lo mismo' y centrándome en lo que para mi siempre será: Kilómetros acumulados en horas que llevaban tu nombre en cada tic-tac. Horas NO perdidas. Mis horas, tus horas. 

Kilómetros recorridos en silencio, calcúlales los segundos. De ahí sacas todas las palabras que no te digo, de esas los motivos que no te doy, y de los últimos los abrazos que merezco. O al menos los que necesito.

viernes, 2 de noviembre de 2012

-AMÉN.

Que aquellos que me conozcan (que serán pocos), que sepan que puede que yo sea una jodida mierda, pero también tendrán que saber que para llegar a ser ''esa MIERDA'' tendrán que trabajar duro ya que, ”serlo” y sentirte de puta madre es el billete para ser leyenda. Si no lo crees vuelve a leer cualquier artículo sobre la muerte de Winehouse o Cobain y entonces entenderás. Y orgullosa estoy de ser quien soy, con lo bueno y lo malo, creer en ello es un derecho inalienablemente humano. Prefiero estar a gusto conmigo misma que rozar la vena de la frente de la puta más perfecta de Hollywood.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Contradicciones.

La vida funciona a base de contradicciones; un sí, pero a la vez no; un te necesito, pero a la vez no puedo estar contigo; un quiero que te marches, pero a la vez quiero que te quedes a mi lado para siempre.
Cuando somos pequeños deseamos ser mayores, hacer cosas de adultos, vivir como ellos… Ansiamos el día en el cuál todo eso pueda llegar a ocurrir. Jugamos a ser personas con una familia formada, con trabajo, con obligaciones, con libertad. Pero a medida que ese día va llegando nos asustamos, y esas ganas que teníamos, cuando éramos tan sólo niños, de ser responsables de nuestros propios actos, sin tener a papá y mamá detrás van desapareciendo, o simplemente van quedando atrás y van dejando paso al miedo de no querer dejar atrás la niñez, esa etapa dónde reías, llorabas y te enfadabas, pero que, al fin y al cabo, era por tonterías, por rabietas de críos que con un abrazo de nuestra madre se nos pasaba y nos olvidábamos de todo de nuevo.