domingo, 11 de noviembre de 2012

Supongamos que hay que confesar.

¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¿Por qué tú? ¿Por qué.. tan lejos?

Yo que me prometí dejar la tontería adolescente de lado y centrarme en vivir tranqu...Qué va, pero al menos no quería llenar mi Timeline de frases ambiguas  ni necesitaba más causas de las que ya tenía para mis insomnios... Claro. Y ahora apareces tú. Tú. No me puedo acordar de cómo hueles, porque aún no he tenido la oportunidad de memorizarlo; pero sí puedo describir con escalofríos, caricias y señales lo que me haces sentir aún sin estar a mi lado. Me haces sufrir. Pero es tan agradable como cuando vas corriendo bajo la fría tormenta, sabiendo que al girar la llave te sumergirás en el calor de tu casa, con olor a madera, y su perfume en tus sábanas. Te vas imaginando en la bañera, el agua ardiendo y la música a toda hostia para olvidar o, al menos, reventarte los tímpanos mientras echas la culpa del rímmel en tus mejillas a la rebeldía del agua. 
Sí. Igual de agradable que ilusionarse con todo eso, llegar a casa empapada, y darte cuenta de que no tienes chimenea y la cama está sin hacer; te metes en la ducha (por ausencia de bañera) y te percatas de que no hay agua caliente y, joder.. Estar sin ti es como esperanzarse con esa calma que nunca llega. 

¿Y ahora? Resignación, resignación, helado de Stracciatella, resignación, dos paquetes de kleenex, resignación, me miento, te olvido.. Y volvemos a empezar. 
Nunca me habría imaginado en una situación de semejante calibre, y más con esta mala puntería que me caracteriza; apunto, pero jamás acierto en el maldito centro de equilibrio. Ese equilibrio imposible que te permite ser feliz. Ese equilibrio que formará un ideal ángulo de 90º entre mi vientre y el tuyo, ese equilibrio que hace encajar perfectamente mi labio inferior entre tus dientes y, sobre todo, la manera equilibrada de hacer que sobren las palabras cuando se trata de mirarte, y saber que estás deseando sonreírme.

Ni caso. Me lo he inventado yo todo, ¿Recuerdas? Ha llegado el invierno, y las ruedas desgastadas de mi paciencia solo dan tregua cuando me desahogo con el 'tic-tic' del teclado. Sentir que suelto a la nada lo que debería estar echándote en cara es la mejor paja emocional; al menos ahora pesa menos. Al menos, si te pierdo ahora, habré dejado constancia de que la culpa, efectivamente, es mía. 
Al menos, habré pasado estas horas llorando, borrando esas carreteras infinitas que te separan de las carreras de mis medias; las habré pasado sin pensar en ti, olvidándome por unos instantes de que 'ya no es lo mismo' y centrándome en lo que para mi siempre será: Kilómetros acumulados en horas que llevaban tu nombre en cada tic-tac. Horas NO perdidas. Mis horas, tus horas. 

Kilómetros recorridos en silencio, calcúlales los segundos. De ahí sacas todas las palabras que no te digo, de esas los motivos que no te doy, y de los últimos los abrazos que merezco. O al menos los que necesito.