La vida funciona a base de contradicciones; un sí, pero a la vez no; un te necesito, pero a la vez no puedo estar contigo; un quiero que te marches, pero a la vez quiero que te quedes a mi lado para siempre.
Cuando somos pequeños deseamos ser mayores, hacer cosas de adultos, vivir como ellos… Ansiamos el día en el cuál todo eso pueda llegar a ocurrir. Jugamos a ser personas con una familia formada, con trabajo, con obligaciones, con libertad. Pero a medida que ese día va llegando nos asustamos, y esas ganas que teníamos, cuando éramos tan sólo niños, de ser responsables de nuestros propios actos, sin tener a papá y mamá detrás van desapareciendo, o simplemente van quedando atrás y van dejando paso al miedo de no querer dejar atrás la niñez, esa etapa dónde reías, llorabas y te enfadabas, pero que, al fin y al cabo, era por tonterías, por rabietas de críos que con un abrazo de nuestra madre se nos pasaba y nos olvidábamos de todo de nuevo.