Una vez me dijeron que los poetas son muy extremos, que para estar inspirados tiene que estar muy tristes o muy enamorados.
Yo he estado triste.
Yo he estado enamorada y triste.
Yo he estado enamorada.
Empecé a escribir un día cualquiera. Un día de esos de mi vida sin vida. Un día de esos días que yo decidía no sentir. Imagino que como ser humano que soy, una mañana me desperté con excesos de sentimientos, y, como no quería repartirlos, decidí escribirlos.
Demasiados pocos años tenía como para poder escribir sobre lo que había vivido, así que opté por inventar, imaginar, observar y representar.
También fue, entonces, cuando descubrí que no era consciente de lo que sentía hasta que lo escribía. Supongo que una vez hecho tinta, algo abstracto, se hace real y perceptible. Improbable, irrefrenable, inevitable.
Soy de esas tontas que cuando le duele, escribe. Sí, a veces llora. Pero casi siempre escribe. Lágrimas lingüísticas digo que tengo. Pero, ¿sabéis por qué? Porque estudio lenguas. Y no leguas de bocas cualesquiera. Estudio palabras. Por eso escribo; creo. Creen. Me pierdo entre letras. Y tú te preguntarás cómo, pero yo también me lo pregunto; no sé la respuesta.
Lo peor es cuando pienso. Se forma una sopa de letras en mi cabeza, y, por más que busco, no encuentro. Me mareo, me enredo y sueño.
A estas alturas del camino, lo confirmo: he vivido. He escrito porque he tenido sobre qué escribir. He escrito tanto que me he atrapado en un mundo cruel donde las palabras no me dejaban salir. Y no tenía otra opción, porque si no era por escrito, no había nada que vivir. Era, es todo tan triste. Y la tristeza se escribe para no vivirla; para sacarla, de alguna forma, de nuestro cuerpo. Por eso he escrito tanto, tanto tiempo.
"Unos dicen que poeta, otros dicen que escritora, pero, ante todo, soy persona."