domingo, 1 de diciembre de 2013

Me llamas, me río, te miro.

Puede ser que haya tardado tanto en aparecer por aquí porque he estado demasiado perdida en mi día a día o porque no os podéis hacer una idea del trabajo que me cuesta ahora abrirme al papel.
Le abro a él y lo dejo en blanco, como siempre. Un instante. Incluso dos.

Luego me llamas.
Sonrío.
Me río.
Te miro sin tenerte aquí. 
Imagino que vienes.


Me acuerdo de ti mientras escucho de fondo tus sueños y me da por pensar que a veces lo haces sólo para contarme lo bonita que puede ser tu realidad. Yo, mientras, te acaricio en mi cabeza, dejando la película sin final porque me come la prisa de comenzar contigo. Te beso, sitúo mis palmas con cuidado en tus manos y te juro que lo único que me salía decirte se apellidaba amor.

Y luego... Ríes a lo lejos, reventando la distancia por teléfono. Sigues hablando de dormir para soñar sin saber que en ese momento te estaba soñando sin dormir.

En mi cabeza te hice saber en lo que derivaban mis ganas. En hacerte. Quería hacerte entre mis dedos, ver cómo te deshacías, cómo te dejabas envolver, morderte, romperte el anochecer con mi lengua abriendo paso por tu piel. Y aunque quisieras dormir, no dejarte.

Joder, sobre todo no dejarte ir.

Has venido tú y no puedo dejar de pensar en tus labios y en esa manera tan tuya de besarme, de recorrer cada lunar que adorna mi espalda.

Me enganchas con tu voz mientras te dedicas a besar constelaciones y no sé qué es lo más bonito de todo esto: si sentirte, a secas, o atreverte a dejarme seca de sentidos.

Terminas colgando mi sonrisa, despertando tus sueños. Termino colgándome de tu risa, soñando despierta. Descanso de pensarte y me vuelvo a la cama, a imaginar que estás aquí para decirme al oído "buenas noches, mi Amélie."