20:48. Le Moulin.
Nunca te sentiste así, ni si quiera se te pasó por la cabeza que ibas a estar en esta situación, en este lugar y con la misma canción de fondo en modo repetición.
Son las 20:50. Un Lunes. 26 de Noviembre, para ser exactos.
Me encuentro sentada en la cuarta esquina de estas cuatro paredes, escribiendo con un bolígrafo Bic que está agonizando. Intentando no mojar el papel de agua salada, y escuchando, saboreando, revoloteando a través de los dedos de Yann Tiersen sobre su piano en Sur le Fil.
Es un día normal, y no lo niego. Al igual que tampoco niego que la monotonía se apodera cada vez más de mí. Al igual que tampoco niego que luchar contra ti misma no sea pan comido. No, no lo es. Es una de las luchas más complicadas desde la existencia del ser humano. Desde la guerra de los 30 años. Desde la batalla de Waterloo hasta cualquier golpe de estado a mano armada.
No llueve, pero hace frío; No hay nada que transmita calor a mi alrededor; Ni una simple taza de café, ni una manta, ni una chimenea, ni tú.
Tiemblo, tirito e intento abrigarme entre mis brazos.
La tinta se va acabando y mi corazón se va rompiendo en pedacitos de un solo color.
Miro el reloj. 21:01. El piano sigue ahí, retumbando en mis tímpanos, deleitándome con el sonido de su teclado y sus cuerdas.
"No me abandones" dice mi cabeza. "No te vayas. Quédate hasta el final, eres lo único que tengo."
Pienso. Reitero. Pienso. Existo.
Quizá no hubiese sido tan complicado. Quizá me lo pongo más difícil de lo que realmente es. Quizá ni siquiera exista.
De pronto todo te da vueltas. Es como si hubieses entrado en tu propia locura y ella se proclamara dueña de ti. De tus actos. De tus errores. De tus miedos.
Y es cuando cada vez lo tienes más claro. Nadie te entiende, ni tú misma lo haces.
21:09. Soir de Fete.
Lo que tienes claro es una cosa: Ya no duele, sólo ahoga.