Negaba hasta la saciedad que no sabía amar a las rosas.
Sin embargo, aquel chaval se aferraba en el día a día a la sensación de conocer constantemente rosas rojas nuevas para apoderarse de su esencia natural. Una vez poseída esa esencia, estropeaba lo que quedaba de ellas hasta hacerlas inservibles, marcando cada uno de sus frágiles pétalos, los cuales palidecían hasta perder su color rojo característico.
¡Jóvenes dementes de pasión incandescente!
Y aquel bastardo permaneció así durante muchos años.
El tiempo pasaba, y él (dueño de la cordura de muchas y la lujuria de tantas otras) creció, comprendiendo que no se ama a una flor por el mero hecho de ser rosa roja, sino por ser silvestre corriente ante los ojos de muchos y rosa roja ante los ojos de uno mismo.