
Sostenía una vieja guitarra mientras sus dedos rasgaban sus cuerdas con melancolía esperando oír una melodía alentadora. Las notas se conbinaban casi al unísono, desafinando en alguna ocasión. No podían ser perfectas, ni aquella triste canción, ni aquella cantautora con mucha intención y poco arte. Cada sonido excéntrico que liberaban las cuerdas de metal y nylon desgastado era un trocito de una verdad, más bien de su verdad, una triste y algo condensada en aquella habitación. Respiró y con un lápiz que tenía tras la oreja apuntó en un papel raído la última nota. "Primera canción desesperada" había sido el nombre de aquella ópera casi prima. Y no sería la última. Cuando la primera nota le sonó más alegre que la anterior, paró. No estaba dispuesta a muchas sonrisas en aquella canción. Guardó su confidente en una esquina mientras ella se metía bajo las sábanas. Mañana al despertar aquellos acordes del papel no serían mas que una guitarra desafinada desgarrada con fuerza por unos dedos tristes. Pero hoy era diferente, hoy eran sus tristezas, todas sus penas en tan solo unos segundos. Eran su canción desesperada.