Y al cabo de un mes, después de intentar cada semana cada día que te vuelva la inspiración, después de coger una y otra vez tu boli preferido y tu libreta más querida y sentarte en tu rincón más visitado de toda la habitación, miras a la papelera llena de hojas arrancadas y caes en la cuenta...
Y aunque suene lamentable lo ves todo más claro y acabas de comprender que las mejores letras realmente sales cuando estás totalmente jodida. Que las palabras que más dentro se te meten al leerlas son las que están cargadas de momentos amargos.
Y empiezas a reflexionar, y a no saber si lo que has descubierto es bueno o malo, bueno porque si hasta ahora no he podido escribir ha sido porque he estado realmente feliz, malo porque si de repente me salen las palabras es porque estoy otra vez abajo.
Pero bueno, después de todo me doy cuenta de que así soy yo... ahora arriba, ahora abajo, y mis letras serán tan fugaces como mi estado de ánimo... al menos me queda eso. Esta es mi propia terapia, y ¡qué coño!, a mí me sirve, después de esto se me habrá pasado el pesimismo y hasta dentro de unos meses no volveré a escribir o hasta el próximo batacazo, que siempre llega sin avisar. Y aquí estoy como una gilipollas riéndome de mi propio descubrimiento, a veces puedo llegar a ser tan irremediablemente absurda qué nada en mí tiene sentido.